Cenizas

El anciano encontró la llave en la calle, con tierra y barro adherido. Desde el día que abandonó su hogar a lo largo de los años la pisaron incontables veces, igual que a él. Su espalda se resintió al agacharse, sufriendo por recuperar ese ápice de lo que fue suyo.
Miró su casa al final del camino y se acarreó hacia allí, preguntándose qué quedaría.

En este lugar hubo una gran guerra, nobles caballeros lucharon contra otros nobles caballeros, todos liderados por píos reyes. En algún momento, decidieron castigar al enemigo quemando las casas del pueblo, saqueándolas, expulsando aldeanos de su hogar; ahora su nueva frontera.

Las paredes de su casa seguían en pie. Limpió la placa de la entrada, la que indicaba en pulido bronce que allí vivía la familia Castello. Aún disfrutaba recordando cómo se enorgulleció su pobre padre de aquella placa, de aquella casa, de aquellos logros. Al contrario que la mayoría de edificios, hechos de madera o paja, el suyo estaba construido en piedra y el fuego no lo destruyó; eso pensaba, hasta que su cansada vista distinguió el tejado, ese sí era de madera.
Todos esos años se desvivió por construir aquel lugar y equipararse a los más pudientes de la villa. Ni siquiera la muerte de su primera esposa o el desamparo de su hijo le detuvo; no tardó en buscar otra mujer de bien, en tener más hijos, en realizar sus sueños. Así fue, hasta que las ambiciones de otros pisaron las suyas.

Huir de su hogar fue duro; más lo fue subsistir después. Sus codiciados amigos, aquellos a los que se quería parecer, gozaban de familias adineradas que les ayudaran; cuando se reabrió la brecha de la escasez entre ellos, lo relegaron. Solo permanecieron aquellos de los que gustoso hubiera dejado atrás en su carrera por medrar: compañeros de infancia, gente a la que dio trabajo y vecinos, que en su desgracia comprendían la de él.

Fue peligroso vagar durante años por zona de guerra, su región estaba arruinada cuando acabó el conflicto. En los primeros años de paz llegaban promesas: el reino asistiría en la reconstrucción, magnates de la costa invertirían en emporios y granjas. Tuvieron esperanzas, pero los recursos llegaron con cuentagotas; fuertes y defensas engulleron la ayuda, mas ningún baluarte les salvó de la acometida del invierno.
Perdió un hijo por el frío y la enfermedad, tuvo que casar a sus hijas con cualquiera interesado en mantenerlas, patanes que habría desdeñado años antes. Su padre murió también, lamentándose en su lecho por el linaje derrumbado.
Vagó largo tiempo buscando trabajo, sin gran éxito. Un día, su esposa se hartó de estar ligada a un mendigo, no quiso seguir un paso más de ese camino; le abandonó.

Ahora, frente a su portal, la puerta resistía, ennegrecida pero estoica. Giró con esfuerzo la cerradura y empujó la madera tachonada. Dentro, escombros y cenizas cubrían su amado hogar, todo lo que se había afanado en conseguir; faltaba tanto… Se alegró de que quedara la mesa y alguna silla, necesitaba sentarse.

Miró la mesa desolado y la frotó con la manga, siempre disfrutó del brillo en sus pertenencias. Le punzó el corazón ver marcas debajo de la mugre; pensó en vándalos, hasta que su mente fue lo bastante cruel para recordarle el autor, eran obra de su primer hijo, el vástago que tuvo con su primera esposa. Recordó lo travieso que era, recordó la muerte de su gran amor y como alejó al niño para complacer a su segunda esposa.
Por supuesto buscó un buen futuro para Verducho, encontró un maestro escriba de otro pueblo para que lo sirviera de aprendiz y no volvió a verlo. Supo de él por alguna carta, donde el infante se quejaba del severo maestro, típico de los niños.

La guerra también truncó los sueños para con su hijo, su tutor murió y el chico se metió a soldado a los quince. El fin de la guerra no lo enderezó y, en vez de volver con su padre, se dio a las correrías hasta terminar en la cárcel.
Se le encogió el corazón al recordar aquella carta desde prisión; su hijo le pidió ayuda, pero él aún estaba con su esposa y se vio obligado a mantener una dignidad altanera, ya fuera de lugar. Recordó con dolor la cruel respuesta a la carta: le dijo que era su problema y que se abstuviera de decir por ahí que era su hijo.

Ahora, en el ocaso de la vida, comprendía la sensación que su retoño debió sentir siempre, ser un estorbo para su familia, como el viejo lo era ahora para sus hijas. Compungido, lloró al recordar que, pese a todo, su hijo prosperó. Consiguió trabajo y tras años de servicio a un noble ahora ayudaba a su heredera. El chico al que dio la espalda recorría el mundo y hacía cosas más importantes de las que su padre soñó con emprender, justo cuando le pidió que olvidara que tiene un padre. Todo aquel caserío quemado ahora parecía insignificante. ¿Lo había perdido todo? Solo pudo consolarse al recordar que Verducho conservaba su apellido, pudo desecharlo, pero eligió seguir siendo un Castello.

 


Relato de junio de 2016 para Literautas. Una historia sobre el pasado de Verducho y la historia reciente de Guirlian.