Entender la clave

En tan poco tiempo, tantas veces a punto de perder la vida, era angustioso; habíamos avanzado en nuestra lucha, pero tras meses de campaña el equipo necesitaba un descanso. La celebración del solsticio de invierno, la noche de la guarda, parecía buena ocasión. Eleiya y Cuiper decidieron casarse esa misma noche aprovechando el descanso.

Me alegraba por ellos, aunque tenía una espinita; Eleiya y yo nos habíamos acercado mucho justo antes de su noviazgo, antes de que las mujeres del pueblo estuvieran tan detrás de mí y ella se alejara.
Pero no, no era excusa cómo se comportaran los demás; sabía qué también era mi culpa por no haber puesto toda la carne en el asador. Lo cierto, es que me prometí no atarme alocadamente a la primera mujer bonita que conociera, muchos conocidos lo habían hecho, errando en la elección; ahora me pasaba factura tal criterio; me preguntaba si su fulminante noviazgo tendría algo de despecho.

Como no habían contado conmigo para los preparativos, di un relajante paseo por la pequeña villa. Los adornos para la boda se mezclaban con lo dispuesto para la festividad. La noche de la guarda coincide con lo que los druidas llaman el solsticio de invierno; la oscuridad es el amparo de criaturas viles, enemigas de la humanidad, en la noche más larga del año siempre se envalentonan, así que los creyentes del protector decidimos mandar un mensaje: venid, os esperamos.

Antorchas y hogueras iluminarán todo el poblado, las revisé durante mi ronda, tras los recientes ataques no podía haber un solo error. Hoy, hasta los más pequeños harán vigilia; hacía tiempo que muchas villas estaban lo bastante confiadas como para celebrar la fecha cual alegre fiesta: con música y bailes, realizando pruebas de habilidad y valor. Aquello no era malo si ayudaba a espantar el sueño y el miedo, los dos peores enemigos aquella noche, solo lo era si distraía a los vigilantes.
El matrimonio de dos valientes sería un añadido muy particular a la festividad, nunca había asistido a una boda en tal día cómo hoy.

Seguía yo con mi paseo, cuando se me acercó sonriente la hija del rico del pueblo.
—¡Máximo! —gritó.
—Lizbet, cuanto tiempo.
—Demasiado, te he echado mucho de menos. —Ella sonreía tontamente, con una mirada brillante.
Hace meses nos hicimos amigos y me habló de sus inquietudes de ver mundo, yo tuve la feliz idea de llevármela de viaje, para asistir a mi investidura, inconsciente de que eso alimentaba anhelos de noviazgo.
—¿Me has traído algún recuerdo? Quizás la joya de un tesoro. —Su sonrisa ya no me parecía tan tonta.
Fruncí el ceño, pero la verdad es que tenía botín suficiente para donar y regalar.
—Podría tener alguna alhaja guardada. ¿Qué harás para ganártela?
—¿Ir mucho a la iglesia a verte? —Se había vuelto muy descarada, otros mozos usaban los jardines de la iglesia para sus escarceos nocturnos; ella sabía que yo no aprobaba esa profanación.
—No te voy a recompensar por cumplir tus deberes religiosos, Liz.
—Entonces… —rebuscó en las prendas de su cadera— quizás por esta carta, la que nos dijo Polgara que recogiéramos.
Mi rostro cambió con «esa» carta. —¡Eh! Es importante, entrégamela, por favor —apremié.
—A cambio de un beso.
Suspiré.
—Entonces no hará falta joya. —Le di un fugaz beso en los labios y arrebaté la carta de su fajín.
Se rió como la adolescente que era. —Ya pensaré algo para ganarme la joya. —dio énfasis moviendo las cejas, luego se puso a mirarme abrir la carta—. ¿Es de la madre de Polgara? ¿De una poderosa maga elfa?
—Sí, eso nos dijo. —Lo abrí, y vi que el sobre estaba vacío. Escruté a Liz.— ¿Has abierto la carta? —Ella se asustó, en su casa había bronca siempre que algo iba mal.
—N.. no, de verdad. Sé que es importante, no la he tocado. —Mantuve la mirada.— ¡De verdad!
Sacudí la cabeza. —Tranquila, te creo. Tengo que ver a los demás, a ver si averiguamos qué significa esto. —Lizbet se despidió, fastidiada por el bajón de la carta.

La creatividad no era el fuerte de mis compañeros, que ocupados con la boda apenas prestaron atención; ni siquiera conseguí la opinión de los novios. Visité a los eruditos locales, pero ninguno tenía idea del significado de aquella ausencia de mensaje y Polgara ya no estaba.

Me quedé a solas para pensar hasta llegado el ocaso.
—¿Max? —Alguien llegó.
—Eleiya, ¿Qué haces aquí? Te casas en un rato. —La admiré, llevaba un exótico traje de bodas, estaba bellísima.
—Me han dicho de la carta, quería ver si resolvía el misterio. —Le entregué el sobre vacío, ella lo ojeó de todas las formas imaginables.
—¿Alguna idea?
—No es mágica, así que será otra cosa, ni idea de cual. —La sopesó un poco más antes de seguir—. Sé quién podría saberlo, la náyade del embalse, conocen bien a los elfos; deberías visitarla.
—Bueno, podemos ir mañana.
—No debes demorarte, hay muchas vidas en juego.
—¿No quieres que esté en tu boda? —La miré sorprendido.
—Sí, claro; pero cuanto antes salvemos a esa gente, antes podré disfrutar tranquila de mi matrimonio.
—Siendo tan importante, vayamos todos.
—No necesitas un regimiento para ver a un hada, si quieres ayuda esotérica, ve con tu amiga la bruja. —La última frase era un carcaj entero de virotes.
—¿Ahora es “mi amiga la bruja”?
Eleiya sonrió con un punto de malicia. —Era para que nos entendamos; no lo debes dilatar, no por mi prisa en casarme.
—Cómo quieras… Podemos partir tras la ceremonia. ¿De acuerdo?
Ella asintió. —No te demoraremos.


Primera parte de la historia que transcurre en la trama de Más allá de la oscuridad, presentada en el taller de Literautas de Octubre del 2015.

Continuará.

Fotografía de Max Braun