Épocas agitadas

—Hace mucho tiempo, antes de que los humanos osaran volver a esa península y le dieran su actual nombre, todo Áuril era una frondosa selva.
—¿También las altas cordilleras centrales? —preguntó el hombre debajo de mí, mientras llenaba sus recias manos con mis senos.
No pude evitar sonreír, excitada por su calor.
—Imagino que la selva no llegaría a lo más alto.
—Me gustan así —añadió, masajeándome—. Continúa, por favor.
Su sonrisa era sensual y gallarda. Antes de nada, nuestros labios se unieron.

—En esas selvas se asentó la primera gran civilización, los Slithi, los hombres serpiente. Su imperio sometió a los primeros humanos, seres tan primitivos que apenas conocían el fuego o tallar roca.
Sentí su mano recorrer mi costado, aventurarse hacia mi pelvis. Parecía imposible seguir la historia pegada a su cuerpo ardiente; mi boca pausó de hablar, para expresar cosas muy diferentes a mi amante.
—Vamos, quiero saberlo todo. —Me incitó. Actuaba socarrón, cómo si creyera que ese fornido cuerpo suyo me fuera a hipnotizar y quitar la palabra.

Lo saboreé una vez más y proseguí:
—Los Silthi vivían en acrópolis, con la forma de árboles colosales, construidas en piedra.
Parecía una metáfora de lo que se erigía en él, que bullía excitado.
—Representaciones de sus dioses se enroscaban en ellas, envolviéndolas, devorándolas a veces.
El retozo de mis piernas desnudas volvían reales las descripciones. Él entró en mí, me llenó como nuestra primera vez, en el museo de la torre, cuando yo entré sin permiso por aquel libro que necesitaba y él me descubrió.
¿Cómo terminamos así? Creía que con insinuarme bastaría para zafarme de aquel joven tontorrón, ¿Cómo imaginar que terminaría prendida, en sus brazos? Pese a nuestro abrupto primer encuentro, nadie me había valorado tanto.

Me costaba seguir hablando, su cadera se agitaba contra la mía y sus caricias me estremecían, aun así, debía contarle por qué era tan importante el libro; me esforcé, llevé nuestra unión a un ritmo cálido y pausado, que hacía viable hablar.
—Se… dice que nuestro primer dios aprendió de ellos el secreto de forjar bronce y hierro.
—Se dice también que una diosa Slithi proscrita enseñó a mujeres los secretos de la escritura; ellas lo extendieron a toda la humanidad, gracias a ellas tenemos civilización, historia, literatura.
Regresé los labios al cuerpo de mi oyente, saboreé el sudor que ya manaba de su ardiente piel.

—Recuerdo eso, no fue un regalo desinteresado. La diosa de la vanidad sabía que quien da forma a las palabras, ostenta un poder inmenso y sutil. —Máximo me sorprendió gratamente, pese a ser un guardián ocasional del museo, estaba bien instruido.
—Sí, y el libro contiene claves, claves para entender sus intenciones y para saber por qué su imperio fue arrasado por tormentas y mares. Quizás… el salado maremoto cambiara el paisaje de selva y sepultara a sus habitantes, pero las edificaciones perduraron, envueltas en ah… en… arena.

No fui capaz de hablar más; el deseo ya no cabía en mí y necesitaba compartirlo con mi amado. Le abracé, le mordisqueé, penetró en mí, le introduje muy adentro. El olor de su piel y el roce de sus insaciables manos era extraordinario. Me apretaba a él, rodeé su cadera con mis muslos, me aferré con los brazos a su torso velludo.
Mezclada con su cuerpo, perdí la noción del tiempo. Nuestros movimientos se volvían más y más intensos, veloces. En desatado arrebato sentí cómo se derramaba mientras yo me estremecía.

Cuando terminamos, juntos, agotados, podía sentir la humedad del río a nuestra vera, el frío de la noche campestre y la arena del lecho adherida a mi piel, todo era perfecto si podíamos seguir abrazados un poco más.

—¿Entonces, buscas los secretos de la diosa serpiente? —terminó por preguntar, casi lo había olvidado.
—Mi interés era arqueológico. Pero cada día estoy más convencida de que las ruinas contienen respuestas sobre los enemigos que nos amenazan. También debemos conocer si volverá aquello que anegó Áuril antaño. —Froté nuestras mejillas—, espero no haberte aburrido, hablando como un loro mientras…
Máximo me besó.— No podrías resultarme más interesante. —Sentí un pinchacito de emoción, quizás cualquier otro lo diría por halagar, pero un paladín no mentía.

—Ojalá pudieras acompañarme.
—Estoy comprometido en una misión, pronto partiré. —Aquello me produjo congoja. Él me acarició suavemente—. Solo dime cómo encontrarte, cuando termine aquello, podemos compartir aventuras.
—Escríbeme, puedes mandar un cartero a esta dirección de Passo.
—Lo haré Seralia, y llegado el momento te encontraré. —Allí, arrullados junto a la orilla, ni me imaginaba hasta donde llegaría para cumplir su palabra.


Dibujo de Raghart, coloreado por mí.