Escucha

¡Euforia! Tras años instruyéndome ya lo rozaba, pronto sería paladín como mi padre: salvaría inocentes, desharía entuertos y aconsejaría a reyes; una carrera vital que empieza con una marcha, la peregrinación.

Pasadas las Colinas de los Mártires se encontraba la campiña de Telzos. Decían que era un lugar demasiado peligroso para empezar: mejor, comenzar con este reto marcaría un hito. Si hacía como mi padre y derribaba un dragón, mi leyenda sería inmortal.

Una bonita estampa de olivos y hierba fresca me recibió; no parecía ese lugar lúgubre dominado por monstruos del que me hablaron. Durante mi camino, vi una mancha roja y negra destacar a lo lejos; me acerqué, al hacerlo distinguí una mujer estrafalaria recogiendo plantas; tenía un absurdo pelo color bermellón, piercings y multitud de alhajas, nada que ver con mi pulcra apariencia.

Actué amistoso cuando la mujer me divisó, la saludé y ella me devolvió el saludo.
—Saludos, joven. No pareces de aquí, ¿eres un emisario? —De cerca, le eché más de treinta.
—No exactamente, soy un peregrino del ceño plateado.
—Vaya, hace tiempo que no veo ninguno. ¿No deberías estar con los tuyos? —Apretó los labios tras la pregunta.
—Los paladines somos el escudo de la humanidad, todos sois «los nuestros», mi señora.
—Pues no conozco a nadie que necesite un escudo y tenemos un buen carpintero, lo siento. —Vaya respuesta absurda.
Sonreí, no se enteraba de nada, la miré compasivo.
—¿Está segura? Siempre hay alguien…
—Tengo muy buena memoria, estoy segura.
—No os preocupéis. En todo caso, ¿sabéis dónde podría cenar caliente?
—Cerca tenemos una villa que sirve al santuario —señaló la dirección—. Si me ayudas a recolectar puedes cenar en mi casa.

Nos pasamos la tarde recogiendo rábanos y tagarninas. La mujer me dio una charla sobre la historia de la región aunque ya me la sabía; me apenaron todas las inexactitudes de su versión, era tan diferente el conocimiento de la plebe del que se enseña en un monasterio con los mejores eruditos. Me armé de paciencia para corregirla.

La aldea se escondía vergonzosa tras una ladera, integrado en la montaña se alzaba un templo con columnas estriadas en su fachada. Atravesamos la villa, al pasar por la entrada del santuario ella se santiguó y me miró; la patrona del templo no era una diosa de mi devoción, así que solo hice un comentario aprobando su arquitectura.

Llegamos a su casa poco después y entramos en la cocina cargados de plantas.
—¿Me ayudas con la cena? —preguntó, mientras prendía la lumbre—. Necesito que laves y cortes las raíces a los rábanos.
La mujer sacó un caldero enorme y un cuaderno de recetas.
—Qué olla tan grande.
—Vamos a ser unos cuantos.
La noticia me alegró, así sería más fácil averiguar quién necesita ayuda.
—¿Recuerdas cómo debías cortar los rábanos?
—Claro —Me lo explicó de camino, como si no hubiera troceado comida en mi vida.
Los rebané como siempre.

La mujer fue varias veces al pozo para llenar de agua el caldero, luego se fijó en mí.
—No es así.
—No se preocupe, así lo hacemos en el monasterio, ya verá como es mejor. —La mujer suspiró.
Repasó la receta y seleccionó condimentos. Volvió a fijarse en como lo cortaba, al final me relevó de trocear verdura y me mandó a remover la olla.

Salió de escena por enésima vez. Aunque los estantes estaban repletos no dejaba de buscar ingredientes fuera.
Me fijé en un cuenco lleno de estupendas manzanas, probé una. Ella me sorprendió al regresar. Al verme con la manzana puso los brazos en jarra y cara de suegra malhumorada.
—¡Pero se puede saber qué haces!
—Oh, lo siento, es que tenía hambre.
—¿No te expliqué para qué eran las manzanas? —Seguramente lo dijo entre la retahíla de detalles supersticiosos que compartió, pero era demasiada información para recordarla. Opté por disimular.
—Ah, sí. Lo siento.
—Al final tendré que cambiar de receta.
—Tranquila mujer, solo es una manzana, no es importante.
—Sí que lo es. —Repasó su cuaderno—. Ah, ya sé. ¿Cómo te gusta la carne?
—Poco hecha.
—Perfecto.
La mujer marchó de nuevo.
A solas, sentí un temblor, cayeron las manzanas de la encimera; las recogí, aferrándolas cuando volvió el temblor.

Escuché regresar a la mujer, venía hablando de mí con alguien.
—Sí, al parecer este joven quiere ser un gran héroe «como su padre», realizar hazañas y…
—Lo siento, se han caído. —No quería más riña, me giré con expresión zalamera.
No tuve ocasión de explicarme, quedé paralizado.
La acompañaba un enorme dragón.
Y parecía disgustado.


Imagen de angelopodo

Relato para Literautas, extracto del libro ficticio “El dragón come caballeros”

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