Hoja de doble filo

Con un último tirón, mi doncella Claudia culminó su conspiración para privarme del placer de respirar. El arma ejecutora era un refinado corsé, gracias al cual el espejo reflejaba una dama hermosa, ataviada con pliegues y bordados de satén azul y plata. Los ojos aguamarina y los tirabuzones dorados me mostraban como un ser encantador; el maquillaje remarcaba mi apariencia de niñez, que impedía sospechar siquiera mi verdadera edad.

Lo que más me molestaba del atuendo eran aquellos pendientes tan pesados, aquel lastre tiraba de mis orejas de semielfa, demasiado móviles y expresivas para el mundo de los humanos. Algunos mentecatos las comparaban con las orejas de los animales; no era ese el motivo de disimular mis actos reflejos, sino porque caer y levantar las orejas revelaba mi ánimo e intenciones.

Entre la aristocracia no podías permitirte mostrar tus verdaderas emociones, la ingenuidad era cada vez más nociva en los tiempos que corren, por ello debía escudarme en una máscara de prendas brillantes y cosméticos, aun si añoraba mi sencilla y cómoda ropa de aventurera.

Hoy me jugaba mucho en la fiesta que organicé. Debía conseguir fondos para una empresa de importancia capital. Además, necesitaba el respaldo de las grandes casas para no ser olvidada en la capital mientras permanezca a mares de distancia. Por eso, hoy me veré con dos príncipes en la fiesta, uno patrio y amigo de toda la vida; el otro, foráneo, que llega bajo el reclamo de una intriga que preparé para ganar este nuevo aliado. Hoy era la única oportunidad de lograr su amistad, ha venido de muy lejos a conocerme, era mi momento. Lujo, música, belleza… Todo debía estar de mi parte.

Temblaba impaciente, mi mano buscó un frasquito con cuentagotas, pero la aparición de mi ama de llaves me interrumpió:

— Señorita Agnese, han traído una misiva para usted, ¡son noticias del señorito Gilleto!

Tomé veloz la carta, las doncellas me sujetaron el vestido para no arrugarlo al ver que me sentaba.
En efecto, firmaba mi querido Gilleto. Me admiró el periplo de aquel sobre para llegar hasta mí, ahora eso era secundario. Rasgué el papel, deseosa de leer el mensaje:

“Mi siempre maravillosa Agnese.
Como acordamos, he permanecido junto al jefe Braghen todos estos meses, sirviéndole lo mejor posible. Los acuerdos que pactaste con él y sus Lobos del Mar se mantienen firmes, pero hay batallas en el horizonte. Los trasgos se han movilizado a miles desde las colinas y su objetivo es este clan.

El jefe sureño reúne a los suyos, están en inferioridad numérica contra la horda que se aproxima. Aun así, muy brutal tendrá que ser ese caudillo trasgo para someter la ferocidad de estos hombres.

Me preocupa que Braghen muera en batalla, eso lo cambiaría todo; Agnese, velaré porque no ocurra. También me preocupa si la campaña diezma a los Lobos. Ya sabes que sus rivales llevan tiempo preparándose y difícilmente dejaran escapar una buena oportunidad.

Me gustaría haber tenido tiempo de tratar temas más personales en esta carta, no pensé que encontrase la forma de hacértela llegar, pero al final surgió; voy a pagar una pequeña fortuna para enviarla, aunque no sé por qué manos indiscretas pasará o si encontrará su puerto.

Aquí, absorto en dudas cada vez que te recuerdo, termino esta carta mientras me armo para la primera batalla. Lucharé por nuestro proyecto, mi señora.

El barón Gilleto Tyron, tu leal servidor.”
Suspiré, preocupada. Gilleto estaba en peligro, otra razón para triunfar a toda costa; sin el respaldo del resto de la aristocracia no habría refuerzos que enviar.

Tomé el frasquito de colirio; lo miré con cierta aprensión: era belladona, un veneno, pero si lo diluyes bien dilata las pupilas para que tu interlocutor crea que sientes gran afecto e interés. No dudé en aplicarlo aunque la mezcla turbara mi visión durante horas, necesitaba todas las armas. Claudia me secó veloz las lágrimas recién formadas, no debían estropear el maquillaje.

Apenas terminé y otra doncella vino alborotada:

— El príncipe Hernando llegó, mi señora.

«¡Demasiado pronto!» Pensé.

Me puse en pie, debía apresurarme.

En el salón los tambores comenzaron a sonar.


Imagen de Torroloco