Hoy no es Navidad

Diciembre llegó, para alivio de toda la familia, las pagas extras les permitirían disfrutar de unas Navidades maravillosas, como de costumbre.

Ya desde la segunda semana llegaban festivos con el día de la Constitución y la Virgen del Pilar. A pesar del frío, Marta y su abuela aprovecharon el puente en el instituto para ir de tiendas; la abuela estaba alegre, al fin podía permitirse regalar a su nieta ropa nueva y el último móvil que tanto deseaba.

Marta quedó muy contenta con los regalos: necesitaba un móvil nuevo y renovar esa ropa tan fea del año pasado. Sus familiares habían sido tan generosos con ella que se propuso ser el orgullo de la familia: se esmeró en clase para sacar buenas notas, ayudó a sus padres a decorar el árbol, el belén y llenar toda la casa de luces de colores. Estaba tan feliz este año que convenció a su amigo Jorge para ir a ayudar en un comedor social los días de Nochebuena y Navidad.

A Jorge no le regalaron todo lo que quería y no estaba tan alegre, sin embargo le gustaba Marta y se dejó convencer para estar con ella. Esa semana había mucho trabajo en el comedor: vecinos y comercios donaron un montón de alimentos para que los más pobres tuvieran una buena Navidad.

Los jóvenes trabajaron duro durante el día de Nochebuena; cajas y sacos que colocar, pucheros enormes para cocinar y después fregar. Mientras ella limpiaba en la cocina, él recogía las bandejas del comedor; valía la pena esforzarse un par de días y que así los pobres estuvieran bien. Se hicieron unas fotos juntos durante la jornada y las colgaron en Internet.

Tras una sobremesa atareada pudieron volver a casa. Allí compartieron la Nochebuena con sus respectivos familiares, que estaban orgullosos de ellos.

Los chicos quedaron para después de cenar, se sentían tan contentos que empezaron la noche en la misa del gallo junto a la familia de Marta, luego se fueron de fiesta hasta tarde.

El cansancio de la noche no les impidió acudir a la cita del comedor en Navidad, igual que a otra veintena de personas, todos deseosos de ayudar hoy a los pobres. Se sintieron afortunados cuando el coordinador les eligió a ellos y no al resto de voluntarios que desbordaban el sitio.

Fue un día de mucho trabajo, los mendigos sentían el espíritu navideño y hacían cola por comer hoy. La comida salió deliciosa, los pobres querían repetir dos y tres veces, pero el coordinador cerró la cocina antes de saciarlos.

Marta quedó extrañada, ¿ya se acabaron los alimentos? ¡Si el día anterior trajeron un montón! Se dejaron la espalda guardándolos en el almacén. La chica decidió ir con Jorge a comprobar qué fue de ellos, cual fue su sorpresa cuando al abrir vieron los estantes llenos de viandas. Era una vergüenza, ¿El coordinador dejaba a la gente sin saciar en pleno día de Navidad?

Los chicos hicieron fotos y las colgaron en Twitter junto a mensajes airados: «¡El coordinador roba comida a los pobres!» Sus amigos compartieron las imágenes comprometidas. «¡Seguro que luego intentará revenderla!» añadían. «¡Sacan dinero de engañar a la gente que dona!» «¡Vergüenza ajena!» «¡Escándalo en el comedor!»
El tema causó mucho revuelo en las redes y Marta esperó que alguien hiciera algo.

Acertó, al día siguiente una cadena local aprovechó el interés gestado en Internet y fueron a realizar un reportaje sobre el tema; a medio día entrevistaron en directo al coordinador. Las cámaras mostraron el comedor, casi tan lleno de mendigos como el día anterior, pero con solo un par de voluntarios.

Marta y su familia veían el reportaje en casa junto al brasero; la joven mordisqueaba inquieta los cordones de su sudadera nueva mientras atendía, concentrada en averiguar qué pasaba con el caradura del coordinador.
El equipo de grabación interrogó al hombre, alguien mayor que no sabía de aquello de las redes sociales. El reportero le explicó las acusaciones; el coordinador quedó entre resignado y enfadado. No hizo apenas comentarios, en vez de eso les llevó al almacén para mostrarles cómo todo estaba en orden y no había robado nada.

—¡Hija! No estropees la sudadera nueva, ¡te tiene que durar hasta el año que viene! —riñó la abuela en mitad del reportaje.

—¿Tanto? ¡Si voy a necesitar ropa para la excursión de abril!

El hombre les enseñó el inventario del almacén mostrando el registro de cada bolsa y caja que faltaba desde ayer, y explicó las razones de parar el servicio: «ya eran las cinco y faltaba un año para que fuera Navidad». El reportero no insistió más, parecía tenerlo claro ya y dio por finalizado el reportaje.

Pero Marta no entendió la respuesta, ¿qué tenía eso que ver?


Este es un relato para el concurso #cuentosdenavidad de Zenda.