Anciano tirado

Justo al lado de casa

En el dos mil dieciséis a escasos días de julio, el noroeste de España hacía veinte grados y brillaba el sol a pesar de que la tele insistiera en lo contrario.

Estaba vistiéndome para hacer una pequeña compra. Poco antes chateaba que cualquier día me quedo sin dinero y eso azuzó mi instinto de buscar comida.

Vestí con dos camisetas y chaqueta vaquera, atestiguando que el día no era día caluroso pese a ser verano. Giré un par de esquinas de mi casa al supermercado; de pasada, vi a un anciano apartado, en la entrada de un garaje, rebuscaba algo en su anorak sin mangas. Continué, y vi con pena a una mendiga que pedía en la puerta del comercio, usaba un envase vacío de yogur como platillo. Negué con la cabeza cuando me pidió, al menos quería reconocer su existencia respondiéndola, pero no podía permitirme darle nada.

Comencé mi compra tras tomar una cesta. Mientras escogía la fruta, un altísimo hombre negro a quien no conocía de nada sintió la necesidad de saludarme al cruzarnos; lo hizo con simpatía, aunque yo, que no esperaba ningún saludo, miraba que limones escoger y solo respondí asintiendo por educación.

Seguí mi compra y me volví a cruzar con el señor del anorak por los refrigerados.

Di un par de vueltas más por el supermercado pensando en qué coger, en la zona del pescado fresco vi que dos rodajas de salmón costaban casi ocho euros, así que me decidí por unos más modestos “chipirones California” de dos. Los precios me hicieron recordar a mi abuela cuando me preguntaba si no era más barato el pescado allí, en plena costa. Por último cogí también un par de bolsas con verduras, tenía que vigilar mi peso.

Me extrañó ver como en lo que tardé en coger la verdura se había formado una cola de seis o siete personas, hace un momento estaba casi vacía. Me uní a los que esperaban turno, y me alivió ver que la cajera pedía por megafonía otra empleada para acudir a caja. «Bien, van a agilizar esto» pensé, pero mi sorpresa fue ver que la mujer no abrió otra caja, sino que empezó a increpar al hombre del anorak, que justo había terminado su compra.

Me extrañó lo poco educada que estaba la mujer, él era una persona mayor, le estimaba sesenta. Pensaba que además ella era casi un palmo más bajita que el hombre, igual al ponerse tan ruda él le soltaba un guantazo o un empujón. También me pregunté porque no tenían un guardia para estas cosas, ¿me vería en la obligación de intervenir si se complicaba?

Lejos de mis supuestos, el anciano se comportó sumiso y se dejó examinar. Solo cuando la empleada le levantó el abrigo fui plenamente consciente de que el hombre tampoco hubiera podido resistirse mucho, tenía la cara comida y el cuerpo flaco; la reponedora, aunque bajita, se veía fornida de mover cajas todo el día.

Al final la mujer encontró algo, llevaba dos envases de embutidos escondidos en la parte interior de la espalda del abrigo. El hombre alegó que eran suyos, que había entrado con ellos, a lo que la empleada respondió que cómo es que no sonó la alarma al entrar y sí al salir.

El hombre perdió la discusión, la mujer le dijo que si eran suyos volviera con el ticket y se los devolvería, pero le dejó marchar sin llamar a la policía.

Mientras marchaba el recién despojado, vi que lo que sí había comprado eran un par de tetrabricks, no podría asegurar que bebida eran.

El anciano marchó, lanzando sólo una mirada fugaz a la anciana que pedía con el envase de yogur. La reponedora mostró los salvados paquetes a la compañera, que seguía en caja, y al público. Orgullosa se puso comentar a la compañera lo astuta que fue: no había caído en la burda mentira del anciano, también detectó como se revolvía para colocarse algo atrás. La cara de la cajera era bastante más seria, se centró en seguir cobrando mientras la otra se repetía. Yo me preguntaba por qué se alegraba tanto la empleada bajita, y si la seria pensaba lo mismo que yo.

De los que tenía a la vista, solo una clienta mostraba compartir la alegría por la victoria contra el ladrón, una conocida de la valiente reponedora. El resto de los clientes seguimos con nuestra rutina, sin decir palabra.

La escena me había dado tanta pena que incluso me planteé comprarle algo al anciano, idea que nunca se materializó, siempre nos separó una suerte de cajas registradoras y barreras que me impedían intervenir. Además, ya se había ido.

Solo seguí con la rutina: ¿Bolsa?, ¿Tarjeta club?

Observé la larga tira de cupones descuento que salió de la caja.

A parte de papelotes me dieron unos céntimos de cambio que atesoré en mi cartera.

Al salir, la anciana del yogur volvió a hacer gesto de pedir, yo solo negué con la cabeza antes de seguir a casa.

 

 


Imagen creada por Feppa. Edité mínimamente una letra para traducir del portugués.