La ciudad de las flores

Hubo una vez un humilde enamorado de nombre Armando, durante mucho tiempo ahorró para comprar tres rosas rojas para con ellas su amor terminar declarando. No le importó el esfuerzo, pues ella era bella como el alabastro, con ojos verdes esmeralda, su cabello color caoba siempre brillando.

Un día, antes de que el Sol se pusiera, se acercó a la espléndida casa de Corina y logró que le recibiera. Allí plantado con sus rosas confesose admirador y ofreció su regalo. La mujer quedó ofendida, ¿solo tres flores me trajo? Aquel osado tacaño era indigno del título de enamorado.

El joven desolado quedó, y miró las flores con pena, otro las hubiera tirado al suelo, o tal vez destrozado, pero él en su pena se conmovió, en las flores un ser vivo vio, arrancadas necesitaban cuidados.

Recordó que es primavera y sabía un poco de sembrados, así que fue derecho a su huerto y con abundante riego, los capullos dejó bien plantados.

La diosa Pluvia sonrió a él y su sembrado, de cada rosa prendió el frágil esqueje y arraigó en verano. El invierno fue duro y exigió del chico cuidados, pero en la nueva primavera tuvo tres bonitas matas, con numerosas flores en sus tallos.

Viéndolas empezó un puesto de flores, pues tanto él como sus rosales necesitarían nutrirse este año.

A pesar de la necesidad, él se sentía solo y también desubicado. Empezó a regalar flores a señoritas que pasaban a su lado. Algunas le sonrieron, otras le tacharon de descarado, pero hubo una mujer que se paró a su lado, cuando recibió el obsequio se interesó, y le preguntó por cómo las había plantado. No era tan bella como otras, ni su vestido de satén con bordados, pero por primera vez encontró alguien que por él y no en obsequios se había interesado.

La joven Clarisa, como su madre la había nombrado, le comprendió en las inevitables penas del desamor, y de la historia de las flores se había emocionado.

Cuando ella volvió a su casa, frente a la puerta plantó el tallo, y pidió a todos los vecinos que con la rosa tuvieran cuidado. La abonó y cuidó siguiendo el consejo de Armando, a quien a menudo iba a ver para comentarlo.

Como siempre el tiempo pasó. El invierno fue muy frío ese año, las plantas necesitaron grandes cuidados. El joven no sabía ahora que hacer, pero Clarisa también tenía un regalo. Ella consiguió un libro de jardinería en la ciudad, del bibliotecario, y aunque nuestro jardinero no sabía leer ella le fue enseñando. Juntos salvaron el vergel que por los nuevos tallos se estaba formando, y en la primavera siguiente, llenos de dicha se propusieron algo ¿Podríamos llenar de rosales todo el poblado? Con esmero, aquí y allá en las esquinas fueron plantando, y la amable mujer por favor a los vecinos les fue explicando: con su ayuda todos podrían tener un rosal a su lado, solo había que cuidarlo e impedir los daños de vándalos.

Tras otro duro año en el que fueron sembrando, su amor también creció y los retoños fueron llegando.

La primavera siguiente, con Corina quien rechazó las flores, a solas terminó hablando. Ella jubilosa dijo, que si le regalaba todas tus rosas le perdonaría, y podría estar a su lado. Armando se encogió de hombros, lo que realmente deseaba ya lo había encontrado. Despachó a aquella mujer, su lindeza ya no le había cegado.

*

El tiempo pasó y pasó, los méritos de ambos habían calado, pues la espléndida villa de flores habían llenado, tal fue así, que conmovió al noble que al pueblo daba resguardado, quien le concedió Flores de apellido a ella y él, con todos sus allegados.

La gente llegó a hacerle alcalde cuando prometió cuidar de ellos como de lo sembrado. Así hizo, pues a todos les iba pidiendo que cuidaran de sus conciudadanos. Todo el lugar creció, construyendo acequia, escuela y establo. Clarisa quiso también plantar un hermoso jardín en el centro habitado.

Pero la dicha nunca dura para siempre, los dioses así lo han decretado. El despecho de Corina la fue amargando, no pudo soportar que la hubieran despreciado. Contrató a una persona, a alguien bien pagado, para que acabase con la vida del hombre, aquel de la ciudad más amado.

Tuvo éxito en su empresa, nadie pudo evitarlo, pues al alguacil le pesaba la bolsa y el párroco con su donación estaba ocupado.

Fue ahora que la asesina encontró al ambicioso Vicente, juntos se desposaron, dieron fiesta en el pueblo con gran prodigalidad en el oro gastado, las gentes dejaron en segundo lugar la muerte de su alcalde esforzado.

Vicente era un hombre de porte, mano fuerte y no poco avispado. Con palique y verborrea cautivó a la villa y su gente. No pasó mucho tiempo que le hicieron del pueblo intendente, pues impresionados estaban todos, con la facilidad que conseguía oro reluciente.

El nuevo alcalde desmontó la escuela y los gremios, decía que no eran eficientes. En su lugar montó talleres para jóvenes, donde el trabajo era ingente.

Corina empezó a arrancar rosales ya descaradamente, al igual que el amado jardín de la villa con la excusa de montar un mercado bullente. Los ciudadanos por las perdidas quedaron apesadumbrados, pero fue aún peor cuando el alguacil con las tasas fue apretando.

Llegó al colmo la arrogancia, cuando para ampliar su mansión vecinos estaban echando, y más aún cuando amenazaron a quien la molestara quejando, con compartir el destino de Armando.

En la mente del pueblo los cabos se iban atando, y solo cuando ya no pudieron más a la altanera acabaron atrapando. Hartos de la pérdida de tanto de lo que ganaron, en turba a un hoyo la terminaron arrojando. Con los marchitos tallos de los rosales destrozados, la cubrieron de ramas y espinas hasta que el aire le fue faltando.

Corina al fin tuvo el montón de rosas que había deseado, pero por su lado había una viuda que se sentía vacía sin su esposo amado. Para paliar su dolor, o más bien porque valoraban todo lo que ella había logrado, gente del barrio, azadas en mano echó a Vicente alcalde usurpador interesado.

Empoderaron a Clarisa de nuevo al mando. Ella de buena gana aceptó el trabajo, pues quería devolver nuevos rosales a los agujeros desgarrados.

Aunque el noble con fruncido ceño mientras la situación fue observando, no llegó a tomar sus armas pues con la señora Flores la ciudad se fue calmando. Accedió a la petición popular, por hacer justicia al pobre Armando, y así quedó la ciudad hasta que a las nuevas generaciones fue pasando.

Solo así, tras muchos, muchos años, la historia se convirtió en leyenda por estos lados. La que cuenta el porqué de Blum es la ciudad de las flores, también ahora ciudad estado.

* La primera parte de este relato es un cuento infantil que las madres cuentan a sus hijos en el noroeste de Umbria. Después, junto con la segundo parte tras el asterisco conforma uno de los mitos fundacionales de la ciudad estado de Blum, resaltada y citada a menudo para fomentar la identidad nacional de la ciudad y exhortar al pueblo a la acción.