A la luz de un sol extraño, final

(Al capítulo anterior)
Mira estaba maltrecha, la interfaz médica avisaba de que corría peligro de perder un ojo. Quedó allí inconsciente, reposando con media cara vendada. De haber estado despierta, de haber tenido un rato libre para revisar, pronto hubiera hallado la maldita señal del deslizador; pero los demás no sabían buscar esas cosas, ellos estaban más preocupados por los heridos y el desastroso estado de sus máquinas de combate.

Red no perdió tiempo e hizo reparaciones en pleno viaje, desensambló el reciclador de la Mantis y la preparó para el combate. Con maña, logró tener operativas cuatro de las seis máquinas iniciales: el Halcón, la Mantis y dos Espartanos. Jill por su parte trató de comunicarse con la Atlas, necesitaban de sus repuestos y combustible, también un aliado.

No sospechaban hasta qué punto era buena idea estar preparados, cuando la situación anterior estuvo bajo control el coronel McGregor buscó la Kéningar; no estaba dispuesto a dejarles escapar, conocían sus secretos más sucios y tenían una valiosa nave. Pidió permiso al almirante en la Poseidón para partir, trazó rumbo con los datos registrados y aceleraron.

Pasaron horas, definir cuantas fueron sería objeto de debate. La Kéningar deceleró, lejos de ninguna parte, en un lugar seguro a la luz azul del sol. Ya solo les quedaba una cuarta parte de combustible, necesitaban tiempo para recargar. Se movían, pero sin acelerar, la sensación era de no hacerlo; las estrellas no se inmutaban de su posición, no notaban empuje alguno. Era raro que una nave espacial no estuviera frenando o acelerando, disfrutaron de la calma.

Todos habían agotado la adrenalina en la batalla, el cansancio les golpeó junto al sueño. Creerse seguros fue un desatino, no dieron crédito cuando las alarmas volvieron a sonar. Tardaron minutos valiosos en salir de la cama y en comprender que habían sido localizados de nuevo; minutos que aprovechó la Leucótea. La perplejidad del grupo aumentó cuando el crucero les apuntó pese al camuflaje y varios cañonazos agujerearon su ala derecha.

Las compuertas se sellaban, las alarmas aullaban. El instinto de supervivencia les devolvió la rabia, pero eran animales acorralados: el camuflaje no funcionaba, huir tampoco. Con demasiado rencor para aceptar la rendición, observaron al adversario. La Leucótea había sufrido daños del combate anterior y estaba sola, apenas desplegó cinco Albatros, parecía viable atacar. Miranda no opinaría igual de haber estado consciente.

Ofuscados por el momento, se sintieron tan espartanos como sus armaduras de combate, se imaginaron capaces de destripar al crucero, tal y como hicieron con la Éunice. Saltaron al espacio con sus armaduras, volviendo a dejar al maltrecho Ed pilotar la nave.

Informaron al coronel de que el deslizador que les daba señales estaba ahora con los mechas desplegados. No importaba ya, los agujeros en la Kéningar consiguieron averiar el camuflaje ya tenían su propia señal. Complacido, McGregor ordenó concentrar el fuego en los mechas, quería quitarse de encima esos incordios de una vez por todas. Era fácil decirlo, pero para el enorme tiburón acertar a peces tan pequeños no era sencillo.

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En un rápido enfrentamiento, Jillian fue intrépida y destrozó uno, dos y hasta tres enemigos antes de que su Halcón obligara a la piloto a eyectar

Muy cerca del trío de heroes las balas surcaron sigilosas el vacío, el equipo las esquivaban guiados por sus sensores. Tuvieron que ser los cazas quienes plantearan un reto. En un rápido enfrentamiento, Jillian fue intrépida y destrozó uno, dos y hasta tres cazas antes de que su Halcón obligara a la piloto a eyectar, un instante después estalló. Cris y Red despacharon los otros dos; un par de extremidades de la Mantis fue el coste de aquella victoria para Red, por suerte el hexápodo aún tenía suficientes para seguir; era el momento de ir a por el pez gordo.

Mientras Ed recogía a Jillian, Cris y Red se colaron por una de las brechas que sufrió la Leucótea en la batalla anterior. Jill regresó al frente utilizando el último mecha de la Kéningar. Nada más llegar los dos primeros comenzaron a presionar igual que en la Éunice; empezó bien, las armaduras de combate marcaban la diferencia contra los marines de la Leucótea, pero en la Éunice había treinta tripulantes, allí más de cien. Los mechas agotaron la munición, sacaron sus enormes armas cuerpo a cuerpo y siguieron peleando cada metro.

Jillian llegó para dar un nuevo empujón al abordaje, clamaba amenazas contra su excompañero; el coronel McGregor escuchaba impasible. Las explosiones y el estruendo se contenian en la nave de batalla, tras la cual un insensible vacio pugnaba por entrar con cada brecha del casco. Al final, también se le acabó la munición a ella. Cuerpo a cuerpo las máquinas tenían pegada, pero sucumbieron contra las armas de asalto de la tripulación; sólo el sistema de seguridad de las armaduras impidió que acabaran sepultados en sus propios escombros. Quedaron a merced del coronel.

Ed escuchó todo el desarrollo por radio. El también recibia ataques de los cañones de la Leucótea pero la imprecisión enemiga le daba posibilidad de pensar. Se dirigió a la enfermería e inyectó un cóctel de estimulantes a Mira. Ella despertó con un grito de dolor, Ed hizo por calmarla. La informó, ella apenas podía entender lo que le decía. Parecía que Edgar tenía un plan y quería a Mira para preparar un salto superlumínico, solo ella sabía preparar un salto seguro, pero no estaba en condiciones de hacerlo. Ed no atendió a razones.

McGregor resistió la tentación de ejecutar a los prisioneros, aún le servirían para rendir a aquella nave codiciada y así tenerlo todo. Como si leyeran su mente, ni hubo tiempo de quitarles los trajes cuando la Kéningar contactó. El tal Edgar estaba dispuesto a entregar la nave a cambio de cuartel; se oía una voz discordante al fondo que McGregor ignoró, aceptó el trato.

Miranda evaluó los daños e informó a Ed, tenían que desprenderse del ala dañada para saltar y para reactivar el camuflaje. «Perfecto» respondió él. Ella insistió, aunque lo hicieran, era un disparate saltar sin combustible y un trozo menos; Ed la ignoró, y Mira no tenía fuerzas para hacerse oír. Acercaron la nave al crucero.

En la Leucótea oían discusiones por el canal abierto; preguntaron qué pasaba, pero se escuchó un ruido en la transmisión y se cerró el canal. Se pusieron alerta, los marines apuntaron a los prisioneros, los cañones del crucero hicieron lo propio con la Kéningar. Volvió la transmisión. Edgar les explicó que la loca de la ingeniera se negaba a rendirse y lo expulsó encerrado en el ala dañada. Al eliminar la parte dañada, la Kéningar pudo volver a camuflarse.

Los de Hécate escucharon con escepticismo, pero McGregor pareció conforme cuando Ed le informó que podía manejar el motor del ala para aterrizar allí. El coronel pidió un informe completo para localizar la Kéningar. Seguro de que tenían un plan, estimó donde podían hacer más daño; una falla del fuselaje había dejado expuestos los motores ¡ahí! Ordenó lanzar proyectiles de dispersión para ubicarla. Mientras, siguió el juego al chaval: sabía que intentaría rescatar a sus compañeros, pero deseaba el trozo de nave. Con un ala bastaría para hacer retroingeniería.

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McGregor ya harto de pamplinas, ordenó abrir fuego. Mala idea.

Edgar aterrizó como pudo, el ala humeaba por los daños sufridos. McGregor fue a recibir a Ed escoltado por quince marines. Tras de él, sus rehenes, esposados y bien custodiados. Edgar forcejeó para salir y se quedó en pie frente al famoso coronel. Lo miró, de nuevo le preguntó si había trato. McGregor le devolvió la mirada, «Claro, si te rindes de una vez». Edgar levantó un dedo pidiendo tiempo; sin movimientos bruscos, llevó la mano al bolsillo de su cazadora, donde se entreveía su paquete de cigarrillos; los marines se tensaron, dispuestos a disparar. McGregor ya estaba harto de pamplinas, ordenó abrir fuego. Mala idea.

Balas perdidas chispearon al rebotar, eso prendió el gas que Edgar dejó abierto. Una deflagración de hidrógeno y oxígeno anegó el hangar, abrió un agujero en el maltrecho casco. Todos lucharon por no ser absorbidos, todos menos Red, Cris y Jill que maniatados no pudieron sujetarse y salieron disparados.

Mira no podía creer que hubiera funcionado, vio salir los cuerpos de sus amigos y reunió todas sus fuerzas para llevar la nave a recogerlos. Entraron por las compuertas y rebotaron contra las paredes de la exclusa. Red empezó a gritar, preguntaba por Edgar; aún seguían atados y llenos de golpes; a Red le daba igual, quería saber dónde estaba su amigo. Mira no tenía respuesta, Jill y Cris se pegaron a él para intentar calmarlo.

Nunca tuvieron claro cómo les encontraron todo este tiempo, por lo que cuando vio girar los cañones de la Leucótea Mira siguió el plan. Los demás solo tuvieron tiempo de liberarse, no pudieron averiguar si Edgar o McGregor seguían vivos. Mira improvisó con datos de simulaciones, e inició el salto.

Alarmas avisaban del silencioso bombardeo enemigo. Todos se drogaron para sobrevivir al viaje superlumínico. El acelerador se cargó al máximo, usando hasta la última gota de combustible; la luz dejó de existir a esta nueva velocidad, los fotones se quedaban atrás. Nada de lo que ocurría era capaz de ser procesado por los cuerpos de Miranda, Jillian, Cristina o Red, era como estar en coma, con anestesia total, o muerto.

Era imposible calcular el tiempo transcurrido, fue un valor muy próximo a cero, por la derecha o por la izquierda. En cualquier caso, estaban vivos, el salto a ciegas no había acabado en catástrofe; ahí acabaron las buenas noticias. Los ordenadores se reiniciaban, la luz volvía a los ojos dilatados del grupo; los informes explicaban su situación, se encontraban más allá de un cinturón de Kuiper. Estaban muy, muy lejos de su sol, su fuente vital de energía, la única manera de fabricar más combustible. Con un ala menos, apenas les quedaba capacidad de recolección. En aquél momento, tras tanto tiempo huyendo, despertaron solos y golpeados, a la luz roja de un sol extraño.

 


Aquí termina por ahora la historia de la Kéningar. Si quieres empezar desde el principio aquí está el primer capítulo.

Por orden de aparición, las imágenes de este capítulo son obra de:

Mar Hernández (Hitsys)

GLPing

Y la estrella la saqué de este curioso artículo sobre dónde podría haber vida en el espacio.