A la luz de sol extraño, primera parte

¿Qué harías si la Tierra al completo fuese tu enemiga? Podemos discutir acerca de la causa o quién tiene razón, si quieres perder el tiempo en eso, pero te aseguro que el problema es insalvable.

No, centrémonos en el presente. Estamos en la Atlas, una nave colonia a la luz de una enana azul. Aunque no tiene más aforo que un estadio de segunda, no hace falta más; el exceso de gente es lo que tornó la Tierra en un infierno, y lo mismo está ocurriendo en los siete sistemas donde la humanidad ha extendido su influencia.

Los que habitan el titán querían ser dueños de su destino. Es curioso cuanto llegas a apreciar tu libertad cuando la opresión te persigue, para todas esas potencias estelares eran desertores, disidentes, terroristas, traidores; en el mejor de los casos eran apátridas sin derechos, en el peor ¿los consideraban humanos ya siquiera?
¿Ves? Te dije que es complicado.

El caso es que a la Atlas llegaron hace unos meses cinco jóvenes. Eran desertores de un grupo militar llamado Hécate; este prometía ser la fuerza del orden en las rutas espaciales, pero resultó otro fiasco. Estos jóvenes no pensaban quedarse en el titán para siempre. Vinieron bien surtidos: cuando se fueron de Hécate, por los experimentos a los que les sometieron sus jefes, se cobraron una indemnización en especia militar, y pensaban darle buen uso.

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Tenía apariencia de muñequita rubia, nadie esperaba que ese envoltorio contuviera una mente brillante y revolucionaria.

Estos chicos eran más que soldados, tenían conocimientos de mecánica, ingeniería espacial y armamentística. Al poco combinaron su ciencia con los medios de la Atlas, y empezaron a construir su propia nave. Miranda, la ingeniera, tenía apariencia de muñequita rubia, nadie esperaba que ese envoltorio contuviera una mente brillante y revolucionaria. Diseñó un nuevo modelo adaptado a las necesidades del grupo, y mucho más.

Para quien solo le importan las batallas el dato más importante es que esta nave era invisible, tanto a la vista, como a los sensores. Pero Mira estaba orgullosa de muchas otras capacidades: por ejemplo, tenía dos enormes alas en flecha, innecesarias en el espacio, pero que en atmósfera le permitían volar; además, hacían de colectores solares y cada una portaba un tercio de las reservas de combustible.

A Mira le encantaba deshacerse en explicaciones de su nave, llenaba de detalles a su compañero Red, un simpático mecánico autodidacta; y a Edgar, que siempre se mostraba aburrido por la verborrea de Mira. Por su parte Red sentía mucho interés, tarde o temprano le tocaría reparar todo eso.
Al fin llegó Jillian, aquella con a mayor graduación, también la mayor de todos con veinticuatro años biológicos. Vino con Cristina, la benjamina, de estiloso pelo azulado y prometedora piloto a sus dieciséis.

En la Atlas todos estaban deseosos de probar el nuevo diseño de los motores EmDrive. La propulsión por reverberación electromagnética era mucho más segura y económica que la combustión, y los diseños de Mira habían alcanzado nuevas cotas de velocidad. Despegaron para un vuelo de prueba y comprobaron el éxito entusiasmados; con esos motores y los paneles solares podrían navegar de forma indefinida. Era una lástima que solo se usaran en el espacio, donde se requiere mucha menos fuerza por la falta de gravedad.

Solo quedaba poner un nombre a esta belleza. Miranda no había dejado ese detalle al azar, en contraposición con la interminable selección de nombres griegos tan de moda, esta sería la Kéningar. Según ella significaba algo así como «el verso libre». En realidad no ¿pero, quién la corregiría? Era la más friki sobre vikingos, también la creadora.

Mientras probaban la nave la Atlas dio aviso a la Kéningar, habían recibido un SOS a unas pocas unidades astronómicas de su posición. La pandilla no dudó en aceptar la misión; Jill ordenó a Cris trazar rumbo, era una excusa perfecta para hacer más pruebas.

Las naves espaciales del siglo XXIII diferenciaban tres tipos de propulsión: la estándar, que comprendía velocidades en las que solo eran necesarios los propulsores, y en los que se podía aplicar siempre la física de Newton; la subluz, donde entramos en tierra de la relatividad de Einstein; y la superlumínica o «salto», en la que logramos superar la barrera de la luz.

La Kéningar encendió su acelerador de partículas integrado, con él generaban antigravitones que anulaban la atracción gravitatoria de la nave. La idea era que a menos masa, más aceleración con la misma propulsión de los EmDrive. Si se llegaba a masa negativa, se podía superar la velocidad de la luz.

El problema del acelerador es qué requería energía ingente, aquí es cuando había que usar combustible, en este caso hidrógeno y oxígeno. La ingeniera se jactó de como en su diseño el residuo de la combustión, agua, no era expulsado; ese agua se guardaba para infinidad de fines, desde higiene a refrigeración; lo mejor es que se podía volver a descomponer por electrólisis, y así acumular la energía de los paneles solares.

Volaron durante horas a velocidad subluz, lo que fueron ocho horas estándar apenas fue el tiempo de hacerse algo y comer para los tripulantes. El acelerador generó nuevos gravitones para devolverlos a velocidades newtonianas, así eran más fiables los sensores. No tardaron en dar con la nave siniestrada. Apuntaron el escáner láser para ver la nave, aún a cientos de kilómetros. El ladar devolvió una imagen precisa, era una nave de transporte civil. Red identificó el modelo, allí podría haber trescientas personas.

Eso era un problema, la Kéningar era una compacta fragata de carga, tenía espacio holgado para cuatro mecha armaduras con sus cuatro deslizadores de apoyo, y para dos cazas escolta; pero su soporte vital no podía mantener más de treinta personas.
Jill intuyó el problema logístico y apostó por remolcar la nave. Red sugirió ver cómo repararla in situ, pero los daños parecían graves: algo le dio bien fuerte. Si no le funcionaba el acelerador, remolcarla podía ser eterno. Revisaron si tenían los repuestos necesarios.

Surgían más ideas. ¿Damos varios viajes? ¿Tomamos sus recicladores de aire para compensar? La última gustó a Mira, en el espacio había que ser avispado, en el ambiente más hostil imaginable era muy razonable recuperar lo útil.
Ed se encendió un cigarrillo, pese a que hacerlo contravenía todas las advertencias: a la salud, a la seguridad, a deteriorar las reservas de oxígeno… Tras hacerse el interesante recordó a sus compañeros la triste realidad, ni siquiera sabían si el pasaje estaba muerto. «Solo hacía falta un mal agujero» sentenció, su afirmación se hizo gráfica al exhalar humo.

Había un par de formas de comprobar el estado de los pasajeros, las dos implicaban dar a conocer su presencia camuflada. No es que hubiera discusión, era un rescate y no iban a salvar a nadie ocultos.

La Kéningar «el verso libre»
La Kéningar «el verso libre» tenía un par de formas de comprobar el estado de los pasajeros, las dos implicaban dar a conocer su presencia camuflada.

La computadora de la Hermes, el transporte accidentado, racionó el consumo tras haber perdido sus paneles solares. Era una situación apabullante; minimizar el uso de luz era un mal menor; peor fue perder la gravedad artificial, era como flotar en el mar de noche; la sensación se reforzó cuando la máquina decidió ahorrar calefacción y les aterió el frío; el miedo creaba tal silencio que se escuchaba el zumbido de los aparatos, lo último sería ahogarse lentamente cuando el aire fallara. Ancianos, adultos y niños esperaban así, en la sala de control. Cuando se iluminó el panel de llamada se sobresaltaron.

Los chicos vieron decenas de personas agolpadas en el monitor, les contaron que hicieron un salto interestelar y por un error de cálculo chocaron con un asteroide. Este destrozó un tercio de la nave, averió el acelerador y afectó los demás sistemas. Solo se salvaron noventa y tres personas. Fueron afortunados, un error de salto suele terminar peor.

La Kéningar se puso manos a la obra, Cris se aproximó a la Hermes. Miranda evaluó los daños montada en su hexápodo vehículo «Mantis», al final resolvió que no podrían arreglar el acelerador allí. Demasiado lejos de cualquier parte, solo quedaba evacuarles y llevarse el sistema de soporte vital para suplir la falta de aire.

Las naves se solaparon, Red se colocó un traje espacial para asistir a Mira con el reciclador mientras espantaban con música el silencio espacial.
Jill y Edgar llegaron hasta los supervivientes y empezaron a embarcarlos. Los rostros reflejaban la angustia sufrida, el dolor físico y los familiares perdidos. No era cómodo meter a tantos en una fragata tan pequeña, pero nadie más había respondido a su llamada. Eso creían.


A la segunda parte.

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La imagen de Mira es un fan art de Winry Rockbell dibujado por: alecyl ¡no te pierdas su galería!

La imagen de la Kéningar está basada en un prototipo de avión a energía solar diseñado por un ingeniero español:  AWWA sky whale aunque la Kéningar no está pensada para tantos pasajeros.